En 1941, San Alberto Hurtado se atrevió a cuestionar una de las certezas de su época: que Chile era un país católico. Ochenta y cinco años después, en medio de una sociedad cada vez más secularizada, su pregunta conserva una sorprendente actualidad. Porque aunque la práctica religiosa haya disminuido, la tradición cristiana continúa formando parte de la identidad cultural del país. La cuestión, entonces, no es solamente si Chile sigue siendo católico, sino cuánto de esa herencia continúa presente en la vida de los chilenos.
San Alberto Hurtado: ¿Es Chile un país católico?

San Alberto Hurtado fue una de las figuras más importantes del catolicismo chileno del siglo XX. Sacerdote jesuita, abogado y fundador del Hogar de Cristo, dedicó su vida a la educación, a la defensa de la dignidad humana y a la preocupación por quienes vivían en condiciones de pobreza y abandono.
En 1941 publicó ¿Es Chile un país católico?, una obra que generó debate precisamente porque Hurtado no estaba dispuesto a aceptar sin más la idea de que Chile era católico simplemente porque una mayoría de sus habitantes se identificaba con esa religión.
Su preocupación iba mucho más allá de las estadísticas. Como explica el académico Manuel Gómez Mendoza en una reciente columna publicada por BioBioChile, Hurtado buscaba examinar hasta qué punto la fe católica se expresaba realmente en la vida social, en el servicio y en la responsabilidad hacia los demás. Columna de Manuel Gómez Mendoza en BioBioChile
Para realizar este análisis, Hurtado recurrió a estadísticas, información parroquial y comparaciones con otros países. Pero, sobre todo, observó la realidad concreta del Chile de su tiempo: la pobreza, la precariedad habitacional, el alcoholismo, la mortalidad infantil y las condiciones en que vivían miles de personas.
Para el sacerdote, estas realidades no podían separarse de la pregunta religiosa. Si Chile se consideraba un país católico, esa identidad debía tener consecuencias concretas en la forma en que la sociedad trataba a los más vulnerables.
La fe no puede quedarse en una etiqueta
Aquí se encuentra uno de los aspectos más profundos del pensamiento de Hurtado. El catolicismo, desde su perspectiva, no podía reducirse a una etiqueta, una costumbre familiar o una asistencia ocasional a la iglesia. La fe debía traducirse en una forma de vida.
La preocupación de Hurtado por los pobres y excluidos no era, por tanto, un elemento secundario de su pensamiento. Formaba parte de su concepción de la vida cristiana: la dignidad de cada persona exigía una respuesta concreta de la sociedad.
Manuel Gómez Mendoza retoma precisamente esta dimensión de la obra de Hurtado y sostiene que su pregunta continúa siendo incómoda porque obliga a examinar la coherencia entre las convicciones religiosas y la manera en que se vive frente al prójimo.
Y esa pregunta sigue siendo pertinente.
Un Chile cada vez más secularizado
La realidad religiosa de Chile ha cambiado considerablemente desde 1941. El Censo 2024 muestra que el 54% de las personas de 15 años o más se identifica como católica, frente al 70,1% registrado en 2002. Al mismo tiempo, quienes declaran no tener ninguna religión o credo aumentaron desde el 8,3% al 25,8% durante el mismo período.
Los datos muestran, por tanto, un proceso evidente de secularización. La sociedad chilena ya no presenta la misma homogeneidad religiosa que existía durante buena parte del siglo XX.
Pero aquí surge una cuestión que los porcentajes por sí solos no pueden responder: ¿la secularización significa necesariamente que Chile ha dejado de ser culturalmente católico?
Desde mi perspectiva, no necesariamente.
La tradición cristiana que permanece
Aunque haya disminuido la práctica religiosa, resulta difícil negar que el cristianismo continúa formando parte de la cultura chilena. Navidad y Semana Santa siguen ocupando un lugar destacado en el calendario social. Las celebraciones religiosas, las procesiones, las fiestas patronales y numerosas tradiciones heredadas de generaciones anteriores continúan formando parte de la vida del país.
Incluso personas que ya no se consideran creyentes o que no participan regularmente de la vida de la Iglesia pueden conservar estas costumbres y transmitirlas a sus hijos. Esto demuestra que una tradición religiosa puede sobrevivir incluso cuando disminuye la práctica que originalmente le dio origen.
Por eso, considero que Chile puede estar experimentando una secularización religiosa sin haber abandonado completamente su identidad cultural cristiana.
Y esta diferencia es importante.
Una cosa es que disminuya el número de personas que asisten regularmente a misa. Otra muy distinta es que desaparezcan siglos de tradición, símbolos, celebraciones y una determinada concepción de la persona y de la sociedad.
¿Qué queda del Chile católico?
Sin embargo, esta permanencia cultural también plantea una pregunta más profunda. Si las tradiciones cristianas permanecen, ¿qué ocurre con los valores que las sustentan?
Es aquí donde la reflexión de San Alberto Hurtado vuelve a adquirir fuerza.
No basta con conservar Navidad como una tradición familiar, Semana Santa como un feriado o determinadas celebraciones religiosas como parte del calendario. La pregunta de Hurtado obliga a mirar más allá de las costumbres y preguntarse si todavía existe un compromiso con los principios que dieron forma a esa tradición.
La defensa de la dignidad humana, la solidaridad con los pobres, la protección de la familia, el cuidado de los ancianos, la preocupación por los niños y la defensa de la vida forman parte de una concepción cristiana de la sociedad que no debería quedar reducida a un recuerdo histórico.
En este punto, la reflexión de Gómez Mendoza resulta especialmente pertinente. Recordar a Hurtado no significa simplemente mirar hacia el pasado, sino preguntarnos qué significa hoy vivir de acuerdo con los valores cristianos en una sociedad plural y secularizada.
Una tradición que merece ser defendida
Desde mi perspectiva, Chile no debería mirar su tradición cristiana únicamente como una herencia del pasado. El hecho de que la sociedad haya cambiado y que la práctica religiosa haya disminuido no significa que los valores asociados a esa tradición hayan perdido su importancia.
Por el contrario, en una sociedad marcada por el individualismo, la soledad y nuevas formas de exclusión, principios como la dignidad de la persona, la solidaridad, el respeto por la familia y la responsabilidad hacia los más vulnerables conservan plena vigencia.
San Alberto Hurtado entendió que la fe no podía permanecer encerrada en los templos. Pero también entendió que una sociedad necesitaba principios capaces de orientar su vida colectiva.
Ochenta y cinco años después, la pregunta puede formularse de una manera diferente: ¿puede Chile seguir considerándose culturalmente católico aunque una parte importante de su población ya no practique activamente la religión?
Mi respuesta es que sí, al menos en términos culturales. Chile ha avanzado hacia una sociedad más secularizada, pero todavía conserva una profunda herencia cristiana que se manifiesta en sus celebraciones, costumbres y en parte de sus valores sociales.
La verdadera cuestión es si esa herencia seguirá siendo transmitida a las nuevas generaciones o si terminará reducida a una colección de tradiciones vacías de significado.
Y quizás aquí se encuentra la verdadera vigencia de San Alberto Hurtado: su pregunta no nos invita solamente a contar cuántos católicos quedan en Chile, sino a preguntarnos qué estamos haciendo con la tradición cristiana que hemos heredado y qué tipo de sociedad queremos construir a partir de ella.







