La cercanía del centenario del Tratado de 1929 y la coincidencia política entre ambos gobiernos abren la posibilidad de profundizar la cooperación económica, estratégica y de seguridad.
Chile y Perú podrían encontrarse ante una oportunidad histórica para dejar atrás definitivamente sus antiguas disputas y avanzar hacia una relación estratégica con capacidad de proyectar a ambos países como un polo de poder en América Latina.
La proximidad del centenario del Tratado de 1929, que estableció las bases para resolver la controversia territorial entre ambos países, aparece como una fecha especialmente relevante para impulsar una nueva etapa de cooperación bilateral.
El internacionalista chileno José Rodríguez Elizondo sostuvo que el escenario actual ofrece condiciones favorables para que Santiago y Lima profundicen sus vínculos y aprovechen sus importantes coincidencias económicas y políticas.

Una nueva etapa para la relación bilateral
La relación entre Chile y Perú ha estado marcada durante décadas por las consecuencias de la Guerra del Pacífico y por posteriores controversias territoriales. Sin embargo, el paso del tiempo y la consolidación de relaciones diplomáticas estables han permitido avanzar progresivamente hacia una convivencia basada en intereses comunes.
Para Rodríguez Elizondo, el centenario del Tratado de 1929 puede convertirse precisamente en una fecha de referencia para impulsar una nueva agenda bilateral.
“Si hay dos países que debieran estar unidos, superando de una vez por todas los conflictos del pasado, somos Perú y Chile”, sostuvo el internacionalista, planteando que ambos países deberían mirar hacia el futuro y aprovechar sus recursos naturales dentro de un mercado global.
La propuesta adquiere especial relevancia en un escenario en el que ambos países atraviesan cambios políticos importantes y cuentan con gobiernos de orientación centro-derecha, encabezados por José Antonio Kast en Chile y Keiko Fujimori en Perú.
El cobre y el litio como oportunidad estratégica
Uno de los principales argumentos para profundizar la relación se encuentra en la estructura económica de ambos países.
Chile y Perú poseen algunas de las mayores reservas y capacidades productivas de cobre del mundo. De acuerdo con Rodríguez Elizondo, ambos países concentran conjuntamente alrededor del 40% de las reservas mundiales de este mineral, considerado estratégico para la industria tecnológica y energética.
A esto se suma el potencial del litio y de otros minerales críticos, cuya importancia ha aumentado debido a la transición energética y a la competencia internacional por asegurar el acceso a materias primas estratégicas.
Una mayor coordinación podría permitir que Chile y Perú no se limiten a exportar recursos naturales por separado, sino que desarrollen estrategias conjuntas para atraer inversiones, generar infraestructura y aumentar el valor agregado de sus exportaciones.
Seguridad: un desafío que trasciende las fronteras
La integración no tendría que limitarse a la economía. El crimen organizado transnacional, el narcotráfico y la migración irregular han convertido la seguridad en un desafío que ningún Estado puede abordar completamente de manera aislada.
Rodríguez Elizondo sostiene que la inseguridad debe entenderse actualmente como un fenómeno global y que los Estados necesitan coordinar sus capacidades para enfrentar amenazas que atraviesan las fronteras.
En ese sentido, una cooperación más estrecha entre Chile y Perú podría incluir intercambio de información, coordinación policial, control fronterizo y estrategias conjuntas frente al crimen organizado.
La seguridad también podría convertirse en uno de los principales puntos de convergencia entre ambos gobiernos.
¿Un nuevo eje regional?
La eventual profundización de los vínculos entre Santiago y Lima podría tener consecuencias que vayan más allá de la relación bilateral.
Ambos países poseen posiciones estratégicas en el Pacífico, importantes recursos naturales y economías fuertemente vinculadas al comercio internacional. Una mayor coordinación podría aumentar su capacidad de negociación frente a otras potencias económicas y favorecer una mayor presencia de Sudamérica en las cadenas globales de suministro.
El desafío será transformar las coincidencias políticas actuales en una política de Estado que pueda mantenerse más allá de los ciclos electorales.
El centenario del Tratado de 1929 ofrece una fecha simbólica para hacerlo. Después de décadas de conflictos y desconfianzas, Chile y Perú podrían optar por mirar hacia adelante y convertir sus recursos, su posición geográfica y sus intereses comunes en una plataforma de cooperación regional.
Más que recordar las disputas del pasado, el centenario podría convertirse en el punto de partida de una nueva relación entre dos países que tienen la posibilidad de ejercer un mayor peso político y económico en América Latina.







