La jugada de Jeanette Jara de “moderarse” y adoptar propuestas de otros candidatos no es un signo de amplitud, sino de falta de claridad y convicción. Al intentar agradar a todos, termina arriesgando lo más importante: su identidad política. Copiar iniciativas de la derecha como la fusión de ministerios y dejar de lado promesas emblemáticas como el retiro masivo de las AFP o la eliminación del IVA a la canasta básica no es pragmatismo, es dilución de su proyecto.
La apertura a nuevos actores políticos, vendida como pluralidad, suena más a cálculo oportunista que a liderazgo auténtico. Incorporar figuras externas por conveniencia electoral puede generar tensiones internas y proyectar un mensaje contradictorio: ¿quién representa realmente a Jara, ella o sus asesores?

Además, la estrategia parece subestimar al electorado. Suponer que los votantes de otros candidatos automáticamente la respaldarán si toma algunas de sus ideas es ingenuo. La política no funciona por “prestado”: los ciudadanos perciben coherencia, no gestos calculados.
En definitiva, la “ampliación” del pacto electoral de Jara no garantiza votos, sino que amenaza con alejar a su base histórica y confundir a los indecisos. Más que un plan estratégico, esto se ve como un acto de supervivencia política, donde el liderazgo cede terreno ante el miedo a perder. Si Jara pretende ganar credibilidad, debe decidir: o ser fiel a su programa o arriesgarse a convertirse en un candidato que no representa a nadie en particular.







